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Gente de palabra: Entrevista con Mercedes Carrión
“Las historias te van desnudando, porque hablan de lo que piensas”
Mercedes Carrión ha sido actriz, (escuela nacional de teatro y cinematografía de Budapest) mimo, (Instituto del Teatro de Barcelona, discípulos de Tomachevski y Andrej Leparski), ha curioseado en el mundo del clown, los malabares y la danza. Es maga y confiesa haber tenido la suerte de estar cerca de grandes maestros (Juan Tamariz, Malo el Malísimo Donald Lehn, Arturo Ascanio entre otros). Fue la primera mujer ilusionista en recibir dos premios: uno en Madrid y otro en Lisboa. Finalmente se hizo cuentera. Lleva 17 años contando y cuando lo hace nos hechiza con todo tipo de magias. Estará en el circuito de cuentos de Euskadi del 12 al 14 de marzo.
¿Qué es contar para ti?
Es abrir corazón, inteligencia, tripas, y dejar escapar por la boca palabras que dibujan ese mundo que está un pelín más allá. Es mentir para decir verdades. Es reír con palabras sonoras y en compañía, lo que a veces nos duele, o nos hace gozar, lo que quisiéramos y no es y lo que es y no quisiéramos que fuera y… Y como contrapartida sentir eso que llamo “el orgasmo escénico”.
¿Cómo fue que comenzaste?
Siempre he contado aunque yo no lo sabía. Siempre fui una mentirosa. No me gustaba el mundo y me lo inventaba y lo que me gustaba lo agrandaba tanto que parecía más y cuando no podía salir de esos enredos para desenredarlos mentía más. Así que cuando me hice cuentera ya estaba entrenada y sobre todo en escuchar, escuchar a mi abuela.
¿Es posible formarse para contar?
Yo pienso que sí, de hecho doy talleres de formación. Es preciso aprender cosas muy diversas. Desde moverse en el espacio escénico hasta entrenar voz, cuerpo, fantasía, arte de hablar, escucha, etc. Y claro, vivir para encontrar tus voces, tu discurso.
¿Para quién prefieres contar?
A mi me gustan todos los públicos y espacios en general y muchos en particular. Si la gente esta allí con ganas, con las orejas bien abiertas el plato está servido. Y si no es así, mientras observo al público, antes de empezar, pienso “déjate envolver por las palabras, por la magia y sin darnos cuenta estaremos caminando juntos por el mismo sendero”. Los cuentos rompen las barreras de la razón y muchas veces gano la partida. Aunque a veces voy con miedo, como cuando la vida me sorprendió regalándome la cárcel de Suera para contar. Me sentía ñoña, me hubiera gustado ser de las duras. Cerré la contada tocando la concertina, ¡que palmas me acompañaron!, ¡qué maravilla!
¿Qué tipo de historias prefieres contar?
Me gustan las historias que me gustan. Últimamente se me pegan historias de tradición oral. Con jóvenes y adultos suelo reinventar historias familiares, vestirlas con otro traje, quizás por que soy extranjera, (nací, de una familia “blancona”, en el centro de Lima) y aunque no soy folklórica y cuento pocos cuentos de mi país, me gusta rodearme de “los míos”, de “mi casa” de “Perú”, contar desde el recuerdo lo que jamás podré recordar.
¿Cuál es la ‘cocina’ de tus historias? ¿Cómo te preparas o preparas la historia para contarla?
El “rucu rucu” es largo. Me acuesto mucho con las historias, (soy una obsesa sexual), las miro desde las 4 esquinas de la cama y hasta desde la otra. Elijo el lugar para contarla y la voz sale a mi encuentro. Siempre es distinto y eso es divertido. Me gusta saber cual es mi discurso, descubrirme en mis obsesiones. Y como muchas veces las cuento con magia (prestidigitación) me paso muchas horas ensayando hasta encontrar el punto preciso para que no sea un agregado, un efecto especial sino que se entreteja y forme un entramado que empuje la imaginación del público, que haga crecer la maravilla, el clímax y el milagro. Cuando ya está cocinado sigo ensayando porque es muy importante la limpieza, la seguridad de que “no fallaré” aunque alguna vez ocurra. Después lo presento y todo vuelve a la cocina tantas veces como sea necesario. Cuando voy a salir en gira y antes de las funcionas me gusta tomarme tiempo en ir acomodando las cosas (en la maleta o en el escenario), es un repaso del camino que voy a andar, los objetos significativos me colocan en el lugar donde quiero estar antes de empezar.
Tú cuentas con magia…
Sí. No lo puedo evitar. Cuando me rondan las historias de pronto saltan los efectos de magia y se cuelan en algún cuento, enlace o conversación escénica. Nunca fuerzo la magia, si no lo pide cuento la historia sin más. Aunque no siempre lo consiga, con la magia me empeño en pescar la metáfora que cuente, que ‘diga’ que haga saltar la fantasía como las palabras mismas para mantener la calidad evocadora del acto de narrar oralmente. Cuido además de que la magia se entreteja suavecito para que no estorbe, no rompa el ritmo o el clímax de lo que se cuenta y que a la vez la magia sea mágica y no un efecto especial.
Anécdotas de cuentera.
Esto me ocurrió en la unidad de cáncer para niños y niñas de un hospital de Madrid. Hubo que reclutar a las/os niñas/os yendo de habitación en habitación animándolos a venir estaban muy decaídos por los tratamientos. A casi todos los llevaron en camas y llenos de máquinas de supervivencia. Cuando comencé a contar, había una niña hermosamente participativa y habladora, que quería ayudarme en todo. Cuando terminó la función ella se acercó a contarme su vida. A las/os demás se los/as fueron llevando y ella hablaba y hablaba de mil cosas. Me sorprendió un poco que no se la llevasen y más aún, cuando ya no quedaban más que ella y yo el personal del hospital se reunió a nuestro alrededor y estuvieron hablando con ella, por lo menos, un largo cuarto de hora más. Cuando por fin la niña se fue me explicaron que llevaba interna casi un año y que jamás había abierto la boca, no le conocían la voz. Yo pensé, el espacio del hospital es un espacio de dolor en el que ella no está dispuesta a compartir, en él de los cuentos sí. La niña recuperó su voz. Todavía hoy se me pone la piel de gallina al recordarlo.
Virginia Imaz |