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El sortilegio de las palabras
La historia de los pueblos está llena de relatos en los que la magia ocupa un lugar privilegiado. Porque ¿quién no ha deseado alguna vez tener poderes mágicos o sobrenaturales?
Ser capaz, por ejemplo, de dominar el tiempo o regresar de la muerte. Poder ser invisible a voluntad o transformarse en animal o controlar los fenómenos atmosféricos. Poder viajar al pasado o al futuro o a lugares lejanos en un solo parpadeo. Poseer objetos mágicos que nos procuren una prosperidad ilimitada o dones y talentos misteriosos que nos conduzcan irremisiblemente al amor o a la felicidad.
La magia es un género que no pierde vigencia en todo tipo de códigos narrativos. Y para muestra basta pensar en el tirón editorial y mediático de Harry Potter donde los encantamientos se ejecutan canalizando el propio poder a través de una varita y profiriendo indefectiblemente unos latinajos.
Y es que según parece no hay magia sin la palabra. En la magia ceremonial, las palabras son etiquetas, instrumentos, símbolos de la voluntad del operador para producir un efecto, al menos en la psique o en las emociones de quien participa en el rito. Las palabras invocan, evocan, provocan. Tienen la llave del significado. Nos producen un anclaje, un amarre a un determinado imaginario, movilizan nuestra memoria afectiva, exaltan o paralizan nuestro ánimo. En la oralidad además, la palabra se hace si cabe más poderosa, porque nos llega a través de la voz y de sus músicas (acento, cadencia, entonación, timbre, tono, matiz, pausa, aliento…). Cuando alguien nos cuenta con oficio y talento, su palabra tiene intención. Está cargada y su efecto hipnótico, encantador, es inmediato.
La llamada a la imaginación, al inconsciente del auditorio, cuando se narra, se realiza mediante una especie de sortilegio. Frases rituales como “Había una vez…” u otras crean de entrada la atmósfera para transportarnos más allá del espacio, a la intemporalidad de los cuentos, a ese mundo sacralizado donde todo es posible. Donde lo cotidiano es de naturaleza fantástica o donde lo fantástico se hace cotidiano. A quien escucha se le invita a cruzar un umbral y a recorrer un proceso iniciático, donde los arquetipos inconscientes de los sueños colectivos van, por un momento, a manifestarse. Es un viaje a otro nivel de conciencia que guarda un parentesco innegable con los rituales mágicos y el estado de trance o de sugestión profunda.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que la magia es el arte o la ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de espíritus, genios o demonios, efectos o fenómenos extraordinarios, contrarios a las leyes naturales.
Ya en esta definición podemos observar la relación que hay entre ritual, oralidad y magia, hasta el punto de que el público infantil, asistente a un espectáculo de ilusionismo, sabe perfectamente que si el truco no ha funcionado es porque el prestidigitador o la maga han olvidado decir las palabras mágicas o no las han dicho bien.
La palabra mágica por excelencia es abracadabra. En la Cábala la escribían con sus letras dispuestas en once renglones, con una letra menos en cada uno de ellos, de modo que formasen un triángulo, con la punta hacia abajo. Se usaba, como la mayoría de las palabras mágicas, para curar y alejar las malas cosas de las que, se sabe, está lleno el mundo.
Los rezos, la oración en todas las prácticas religiosas, también son palabras. Y mágicas. Ambas se sustentan en la fe de que el milagro, lo sobrenatural es posible. Hinduismo y budismo también tienen sus palabras mágicas, los Mantras (del sánscrito literalmente “pensamiento”) que son sílabas, palabras o frases sagradas, generalmente en sánscrito, que se recitan durante el culto para invocar a la divinidad o como apoyo a la meditación. Los mantras relajan, concentran, son música de palabras, son puertas a vibraciones sanadoras. En Mapuche hay una palabra cargada de enorme misticismo “Neuquen”, que curiosamente es una palabra capicúa, que suena igual al derecho que al revés, como “ojo”, “eje”, “anilina” o “luz azul”.
Y lo mismo que las bendiciones, también existen las mal-diciones. A un nivel cotidiano no hay peor vudú que la difamación, la calumnia, la rumorología… La magia negra existe también y sobre todo, en las palabras cargadas de mala onda que nos decimos.
En los cuentos de hadas y en general en los relatos legendarios y míticos toda esta magia está presente en varios aspectos. Además de cómo género, donde lo mágico es el tema con sucesos, objetos o transformaciones que desafían las leyes de la naturaleza, los relatos poseen otra magia. La puerta que abren es hacia dentro, hacia el dominio de lo sagrado, de lo trascendente. Un lugar vedado a las personas incrédulas o escépticas. El secreto –la magia– sólo se revela a quien se rinde y manifiesta su disponibilidad para abandonar un punto de vista racional o científico. Claro que se trata de una ficción. No pasó. Pero al mismo tiempo está pasando. Una verdad insospechada nos aguarda en la mentira de cada cuento. El fenómeno verdaderamente paranormal es caer en la cuenta de ello. Sólo la toma de conciencia cambia el orden natural de las cosas y nos permite despertar, de la ilusión que denominamos realidad.
Considerando otros aspectos, los cuentos tienen también sus palabras mágicas. Son aquellas que no admiten sinónimos. Son las palabras inmutables. Para la mayoría de quienes narramos, contar no es aprenderse un cuento de memoria, palabra por palabra y echarlo. Sin embargo, aunque nuestro relato se actualiza cada vez y es distinto con cada público, nos consta que hay palabras, frases, que debemos aprender y transmitir al pie –al corazón– de la letra. Sabemos que si las cambiamos, que si las alteramos de alguna manera, el cuento se nos cae. Deja de sostenerse. Pierde magia.
Finalmente, en la narración oral, en boca de según y quién, todas y cada una de las palabras de un relato, pueden ser mágicas. Esto es, provocarnos el deslumbramiento que acompaña toda revelación.
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