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La SGAE, los premios Max XI
y el autor de este artículo
Socio de la SGAE desde 1946, mi posición frente a esta Sociedad es, sencillamente, además de encontrarme entre sus socios, ponerme de su lado salvo cuando encuentro razonable alguna de las críticas que se le dirigen, la mayor parte de las veces hipócritas y malintencionadas, pues suelen afectar –fingir– una defensa de la difusión de la cultura, y acusan a la SGAE de entorpecer y dificultar esa difusión, cuando lo que en realidad defienden esos críticos es intereses económicos muy determinados, y la cultura les importa un rábano. (Asociado ahora a CEDRO, he oído también críticas a esta asociación en un sentido semejante al de las que recibe la SGAE, en el sentido de que sus actividades redundaran en perjuicio de la libertad de difusión de la cultura al reclamar y recaudar derechos en el campo de la reprografía).
Es curioso que en estos territorios en que vivimos bajo el reinado, socialmente aceptadísimo, de un consumo ciego, o, por lo menos, tuerto, donde no se considera un sacrificio inaceptable el pago abusivo de infinidad de banalidades, o el obligado de impuestos para pagar armamentos o ejércitos, se ponga el grito en el cielo porque se trate de defender que los autores, escritores y artistas, participamos en algo de la "riqueza", casi siempre menguada, que nuestras obras generan por el hecho de su difusión, como si a nosotros, por el hecho de hacer arte o literatura nos estuvieran bien empleados los azares y las zozobras en que generalmente vivimos. "Usted –parece que se nos dijera–, a vivir del aire, que es lo suyo". (Muchas veces recuerdo a don Antonio Paso, un autor que fue muy popular en su época, cuando comentaba jovialmente que su carnicero, mientras este autor le pagaba los filetes que le adquiría, solía decirle: ¡A ver, don Antonio, cuándo me da usted dos entradas para ver su obra! El buen carnicero seguramente no se imaginaba que el autor pudiera decirle algún día: ¡Oiga, Pepe, a ver cuándo me regala usted dos chuletas de vaca!).
Ahora veo que se está protestando –al grito, por ejemplo, de "¡Todos contra la SGAE!"– contra un ya famoso "canon", como un injusto e insufrible impuesto. Estas gentes que así protestan, con tanta pasión, contra este "timo del canon", "contra esta piratería", pagan sin rechistar los dineros de los impuestos que han de emplear en los más indeseables gastos los más reaccionarios políticos; pero, ¡ay!, hacen pucheritos, acusando de ataque a la cultura el que se establezca un canon para la protección de ciertos derechos de autor generados en determinados medios en los que otro tipo de control no parece, hoy por hoy, posible.
Decididamente, el gran monstruo sobre esta cuestión es la SGAE, de cuyos Premios Max (pasamos al otro tema) quería comentar algo, aunque fuera ligeramente al hilo del acto, que acaba de celebrarse en Sevilla cuando escribo este artículo, para conceder y entregar este año los correspondientes a su undécima edición.
Por cierto que yo no pude asistir a la totalidad del acontecimiento y lo lamento porque, según me dicen, la mediocridad, la arritmia y el vacío ideológico que pude observar en sus primeros tramos, se resolvieron en el último con intervenciones más críticas y acertadas. En cuanto a mí mismo, tengo el honor de considerar un acierto que el destinado a la mejor adaptación, para el que estaba nominada la mía de ‘Marat-Sade’, de Peter Weiss, le haya sido concedida al ‘Enemigo del pueblo’ de Henrik Ibsen, y ello por el hecho de que esta versión ha sido un acontecimiento reciente mientras la mía es una revisión de un hecho que tuve el placer de realizar hace cuarenta años; y que lo que ha habido de reciente en el trabajo de "Animalario" ha sido premiado también, de manera que su versión escénica ha quedado justamente destacada en sus merecimientos propios y con el brillo merecido. Por lo demás, Juan Mayorga es un autor excelente y para mí comportó de algún modo un premio el recuerdo que él me dedicó al recibir el suyo. (Luego me han dicho que hubo alguna otra amable mención a mi obra por parte de alguno de los premiados, y ello acaba de dejarme plenamente satisfecho a efectos personales).
Recientemente he tratado este tema de los premios y no tengo mucho más que decir ni algo que rectificar sino reafirmarme en la relatividad de los valores que cabe atribuirles. En algún otro lugar y alguna que otra vez me he referido a la verdadera paradoja que hubo en el hecho de que me fuera concedido hace unos años la distinción de Honor de este mismo premio, precisamente un año en el que ninguna de mis obras había sido representada durante el curso de todo el año, y así yo me aventuré a dudar de que pudiera ser estimado importante un autor cuyas obras no se representaban nunca; y si no era importante, ¿por qué me concedían aquel premio?; pero también aceptaba que paradojas así son propias del teatro: hay muchos buenos autores que, efectivamente, jamás son representados, y también entonces me quedé tan contento.
En cuanto a este año, y ya que nos hemos metido en este jardín, se puede pensar que entre las nominaciones para el mejor (?) autor en lengua castellana hubiera figurado yo mismo, a quien este año buenos amigos han estrenado dos dramas con excelentes repartos: ‘¡Han matado a Prokopius!’ y ‘¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás?’ Pero este pensamiento conduciría a otro tipo de cuestiones, entre las que quizás esté que estos dramas míos no se han estrenado en el plazo apropiado para este Premio.
En él, la confrontación Mayorga, Sanchis Sinisterra, Caballero, ha evidenciado una vez más la dificultad –que más bien es imposibilidad, salvo en algunos muy contados casos– de establecer un juicio estético que pudiera acreditarse como "científico".
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