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La mirada atravesada
de Veronese
Veronese es sin duda uno de los más firmes valores de la dramaturgia que hoy se escribe en castellano. Porteño del 55 es un más que asiduo visitante de los escenarios españoles; y hemos tenido también la oportunidad de ver recientemente en algunos teatros vascos su último trabajo: “Espía a una mujer que se mata”, personalísima relectura del “Tío Vania” de Chejov. Y es que frente al tópico de un Chejov lánguido de escenas morosas, Veronese nos coloca frente a unos personajes que son pura incandescencia, cuyos diálogos se entrecruzan y se superponen a un ritmo vertiginoso sin pausas ni silencios. La función se desarrolla además en el mismo y mínimo espacio que ya había utilizado para otro de sus últimos montajes, la claustrofóbica “Mujeres soñaron caballos”.
Así como los onerosos y oscuros años de la Thatcher dieron como indeseado fruto la incendiaria generación de dramaturgos contestatarios ingleses (Kane, Ravenhill, Penhall, McDonagh, Marber o Berkoff), la dictadura militar argentina y los años de salvaje neoliberalismo de Menem produjeron allí una enorme fertilidad creativa en el ámbito del teatro y de la escritura dramática; autores que proponían además enfrentarse desde nuevas coordenadas tanto estéticas como éticas a la creación de textos dramáticos. Probablemente Eduardo Pavlovsky y Griselda Gambado –los introductores del absurdo en Argentina- sean los hermanos mayores de esta nueva dramaturgia tan rica como variada que se consolida en los 90: Javier Daulte, Rafael Spregelburd, Alejandro Tantanian, Federico León, Bernardo Cappa, Ignacio Apolo, Marcelo Bertuccio…y por supuesto Daniel Veronese.
Algún crítico acuñó el afortunado término de “Teatro de la desintegración” para referirse a la obra de estos dramaturgos: un teatro perturbador, atravesado por ese signo de los tiempos que es la desintegración social, la fragmentación del sujeto y la desintegración de la identidad individual; y lo aborda desde una necesaria e higiénica labor de desmontaje de las convenciones teatrales. Se trata así de una poética opaca, basada en la ambigüedad y la polisemia, ya que huye como de la peste del teatro de tesis, ese que había intentado vender la Verdad. “Únicamente una escritura en crisis puede hablar de la crisis que el mundo contemporáneo atraviesa”, definió perfectamente un crítico, y sólo cabe añadir: y más en un país como Argentina, una sociedad pulverizada, lacerada por la violencia y la represión primero y por las garras del mercado después.
Daniel Veronese es uno de los más conspicuos exponentes de este llamado “teatro de la desintegración”. Director y actor a la par que autor, Veronese fundó la emblemática compañía “Periférica de Objetos”, nombre que se refiere a su trabajo con títeres y con objetos. Hace unos años escribió unos curiosos “Automandamientos” para establecer el norte de su trabajo; uno de ellos, escuetamente, decía: “Teatro inhumano”. Y en efecto, aunque pronto fueron actores y no muñecos quienes encarnaron a sus personajes, aquellos tienen casi siempre fatalmente la apariencia de éstos. O de animales, como es el caso de la obra que nos ocupa: “Del maravilloso mundo de los animales: los corderos”. Títere/Animal/Ser humano, objeto siempre de un poder oscuro e impreciso. Son habituales en Veronese –y en sus compañeros- los conflictos familiares que remiten a parábolas sobre la situación del país y del ser humano contemporáneo: mostrar los efectos que sobre las identidades y sobre los cuerpos produce un poder opresivo.
En otro de sus “Automandamientos” escribe Veronese: “Descentralizar la mirada. La actitud de mirada, no la idea física de mirar. Perder el sentido de la frontalidad. Realizar miradas transversales de lo ya conocido”. Aparentemente realistas, sus obras obedecen a esa forma de mirar que es capaz de desvelar el horror, el abismo, el estremecimiento que se oculta tras las plácidas apariencias; sus obras se resisten a lecturas literales, su poética es siempre indirecta, apela a la participación del espectador, le interpela.
Esta estrategia dramática de Veronese remite inequívocamente a Harold Pinter, presente sin duda en este “Del maravilloso…”; pero también está ahí Eduardo Pavlovsky. Escrita en 1992, y por tanto una de sus primeras piezas, es una parodia oscura y salvaje del teatro costumbrista de barrio y reencuentro familiar, sobre el que el autor impone su feroz mirada para provocar el extrañamiento que nos lleva a observar como súbitamente ajeno, como amenazante, como brutal, un universo teóricamente conocido y amistoso. La mirada de Veronese saca a la realidad de su eje habitual y nos la muestra descentrada, hostil, siniestra. Cabos sueltos, apariencias que no se concretan, estancamiento de la acción, indeterminación constante para crear esa atmósfera amenazadora, de brutalidad latente e inexplicable en donde se mueven a sus anchas las sombras densas de la violencia y del incesto, de la represión y de la identidad arrebatada. Gómez, Rodríguez, Fermín, Luis e Hija son los cinco personajes. Luis llama a su hermano –Gómez- por su apellido; la mujer de Luis es “Rodríguez”; la “Hija” parece no tener nombre…y eso es sólo el principio de la gran operación de extrañamiento que Veronese pone aquí en marcha. Esta obra recibió el I Premio Iberoamericano de Textos Teatrales Hacia una Nueva Dramaturgia.
Desde “Crónica de la caída de uno de los hombres de ella”, su primera pieza para actores, escrita en 1990, hasta la reciente “Espía a una mujer que se mata”, Veronese ha escrito más de 30 obras, casi todas recogidas en dos volúmenes: “Cuerpo de prueba” y “La deriva”, editadas por la Universidad de Buenos Aires y Adriana Hidalgo Editorial respectivamente. Veronese es también uno de los dramaturgos que mejor titula: “Formas de hablar de las madres de los mineros mientras esperan que sus hijos salgan a la superficie”, “La terrible opresión de los gestos magnánimos”, “Equívoca fuga de señorita apretando un pañuelo de encaje sobre su pecho”, “Unos viajeros se mueren”, “Eclipse de auto en camino”, “La noche devora a sus hijos”, “Zooedipous”, “Mujeres soñaron caballos”, “La forma que se despliega” “Un hombre que se ahoga”…Con su potencia revulsiva y desenmascaradora, el teatro de Veronese hurga en las raíces del desgarramiento.
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