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Gente de palabra: Entrevista con Maricuela
“Las historias te van desnudando, porque hablan de lo que piensas”
¿Qué es contar para ti?
Contar para mi es mi profesión pero también es una pasión. Es una suerte poder juntar ambas cosas. Desde siempre he leído muchos cuentos. Me zambullía en ellos. A los trece años me dieron una novela y me dijeron que los cuentos eran para "pequeños". La novela todavía no la he leído...Y mira, a lo que me dedico. La vida da muchas vueltas... Nunca digas de este agua no beberé, y aún es más, nunca digas de este agua no beberás.
Las historias son sabiduría en pequeños azucarillos o en ácidos pepinillos. Pequeños, pero quizás por serlo te permiten entender rápido... Para mi contar es ponerles voz y que los que escuchan se unan a mi, a ese lazo durante cinco o diez minutos, que rían, que lloren o que no hagan nada... porque a veces, el público te mira y no te mira, está buceando en la historia y en sus ojos se dibuja mucha gente que conocieron, muchos lugares... Cuando esto ocurre, es una satisfacción.
¿Cuánto tiempo llevas contando profesionalmente?
Empecé a contar el 1992 en Distrito Federal.
¿Cómo fue que comenzaste?
Estaba viajando por allí y conocí a gente que trabajaba en una Casa Hogar con niños de la calle. Me quedé dos meses con ellos. A los dos días de llegar, una noche, me pidieron un cuento. Nunca lo había hecho, así que les conté el primero que me vino, el cuento de "Las habichuela mágicas", allí eran frijoles. Y así todas las noches. Me inventé muchas historias que por la mañana en el desayuno me volvían a contar. Y hay que decirlo, ¡recordaban más cosas que yo! Durante todo el día deseaba que llegara el momento de contarles... Era una felicidad inmensa ese acto de contar. Después el cuento lo olvidaba, pero bueno, al día siguiente venía otro. Cuando volví de allá todo fue rodado. Vivía en Salamanca, empecé a trabajar con las Bibliotecas Municipales, luego fui al Maratón de Guadalajara... después me invitaron al Festival, donde conté para adultos, y así sin parar. Nunca he dejado de formarme; descubrí el clown contigo en el 93 o por ahí, y esa mirada siempre me acompaña al contar. El clown es mi otro gran enamorado. En el 99 comencé mis estudios en la Escuela Internacional de Teatro Jacques Le Coq en Paris. La pedagogía de Le Coq, sumamente sutil, me abría la mirada de par en par. Observar como se movía el mundo para crear. Una mirada poética al máximo que despertó mi sensibilidad hacia el movimiento de las pequeñas cosas, los animales, las personas, el agua, el fuego, la tierra, el viento... Ahora mi cuerpo dibuja las historias cuando cuento. Nada, que este es mi camino; allá, en DF me hicieron un regalo.
¿Un narrador nace o se hace?
Supongo que un poco de los dos. Si no te gusta comunicar, ni ponerte delante del público mal plan. A un contador o contadora se le hace la boca agua con las palabras. Todo el mundo se cuenta cosas pero hay gente que disfruta mucho contándolas y es más, cuando abre la boca llama al silencio; el lugar se llena de orejas. Luego, sí, hay una formación, cada uno debe buscar la suya. Se trata de un trabajo escénico y merece un respeto, un cuidado. Trabajar la voz, la expresión...hay muchas posibilidades. Hay que investigar cual es tu vereda: contar con cazuelas, bailar mientras cuentas, cantar boleros entre las historias... Si hay una profundidad, un trabajo, si cuando cuentas comunicas, conmueves y el público, de repente, se vuelve una gran oreja, entonces, ha nacido y se ha hecho un/a narrador/a.
¿Para quién prefieres contar?
Cuento en español y hago también una sesión para adultos en francés. Cuento y disfruto con cualquier edad, desde los bebés, que son un público excepcional y cada vez me gusta más contar para ellos, hasta con los adultos más adultos, esos que se van ablandando poco a poco. Me gusta más contar en salas, bibliotecas y en teatros que en cafés y bares, aunque algunos cafés se vuelven salas por el cuidado y tenacidad que ponen en ello. He contado en cárceles, en centros de minusválidos físicos, psíquicos, en hospitales, en centros de tercera edad, de primera, de cuarta... En cualquier sitio puede ser hermoso contar. Pero... siempre hay peros; si la sala escogida es acogedora con buena acústica, sin ruidos, la cantidad de público es adecuada, la contada funcionará, si no se cumplen determinadas condiciones puede pasar cualquier cosa.
¿Qué tipo de historias prefieres contar?
Cualquier historia que me encandile, que me conmueva. Las historias que cuentas te van desnudando porque hablan de lo que piensas, lo que te preocupa. Cuando escribes tus propias historias, y cada vez me gusta más hacerlo, la desnudez es mayor. Me gustan las historias absurdas que te llevan a rincones reconocibles, me gusta mucho que el público ría, que pasen un buen rato y que alguno se vaya con la mosca en la oreja pensando en algo que escuchó. Me gusta conmover.
¿Cuál es la ‘cocina’ de tus historias? ¿Cómo te preparas o preparas la historia para contarla?
Recojo las historias de los sitios más variopintos. Soy muy curiosa y siempre estoy con la oreja desatada, me gusta observar como se mueve la gente. Soy muy descarada o despistada mejor, a veces se me olvida que estoy ahí mirando...Y de repente surge la historia, algo que me apetece contar, me urge contar. Entonces la dibujo, la veo, y poco a poco se rellena con las palabras justas, a fuerza de contármela y contarla a los demás. Algunas historias son como hijos, que de una forma u otra, van creciendo junto a ti.
Contar ¿arte, tradición, terapia, instrumento pedagógico...?
Contar es un arte. Los pimientos son una hortaliza, luego puedes hacer pisto, empanada...
¿Como gremio cuáles serían nuestras prioridades en tu opinión?
Creo que son muy enriquecedores nuestros encuentros. Los encuentros de contadores. También los Festivales donde coincidimos unos cuantos y acabamos tratando temas clave. Lo prefiero a las discusiones vía virtual. Creo que debemos seguir en ello, juntarnos para hablar de muchos temas que nos atañen... Para que este oficio se dignifique cada día un poco más y cada vez lo hagamos mejor y con mejores condiciones.
Anécdotas de cuentera...
Hay un sinfín. Cuando le contaba algunas a mi padre, mientras se reía, me decía: eso tienes que escribirlo. Así que lo he hecho, voy a ojear, a ver: “Un señor en Cuenca me dijo, ay hija, como he disfrutado, lo he visto todo, todo lo que contabas, imagina, tanto que cuando dijiste que el banco de la plaza lo pintaron de verde, pensé: Ahí no me voy a sentar que me mancharé el culo”. Un niño de tres años se escapó de la fila, después de una contada y volvió para preguntarme:
-“Oye ¿tú estás en el cielo?-
Pensando en la de veces que estoy en las nubes, le dije;
-Sí, a veces, ¿Y tú?
Me contestó:
-No, yo estoy en mi casa”. Virginia Imaz
Virginia Imaz
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