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Angélica en el país del horror

Trilogía. Actos de resistencia contra la muerte
Angélica Liddell
Artezblai 2007
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Dramaturga, actriz y directora, Angélica Lidell es uno de los más personales, arriesgados y cautivadores creadores escénicos con que cuenta el teatro español; quizá sea “perturbador” el adjetivo que más le cuadre a su teatro.
Angélica Lidell es una mujer menuda, de apariencia frágil, pero sobre el escenario esa fragilidad se transforma en brutalidad; se convierte en un animal de la escena, en un monstruo incluso, ya que “lo monstruoso” tiene mucho que ver con su teatro que es torrencial, exasperado, apabullante; el exceso y la provocación son sus inequívocas señas de identidad, y esto hay que verlo como una actitud política. “Los excesos más terribles no causan escándalo en el mundo, pero cuando los trasladas al teatro provocan un escándalo pavoroso. Yo no pretendo escandalizar, el escándalo está en la realidad”, ha afirmado. Huye como de la peste de la “crítica social” y de la “denuncia” en tanto que éstas forman parte de la sociedad buenista y bienpensante.
Lidell no es el verdadero apellido de Angélica, se lo ha tomado prestado a la niña que sirvió de musa al reverendo Lewis Carroll para crear su Alicia. Pero el espejo de Angélica no nos abre el paso a un país de maravillas, sino que a través de él accedemos a un mundo de horrores, que por mucho que nos empeñemos en ignorarlo no es sino el nuestro.
Este libro nos ofrece tres obras dramáticas de Lidell, la trilogía que ha denominado: “Actos de Resistencia contra la Muerte”. Los africanos ahogados en el mar tratando de alcanzar España, en este mundo nuestro tan humanitarista y globalizado, es el tema de la primera de estas piezas: “Y los peces salieron a combatir contra los hombres”. Los horrores de la guerra y los escombros morales en que ésta convierte a los seres más desprotegidos, los niños, y esa figura paradójica y terrible de los niños-soldado, es el tema de la segunda: “Y como no se pudrió… Blancanieves”; para ello utiliza ese mito/cuento infantil de iniciación devolviéndole todo su horror y toda su crueldad. Pero es en “El año de Ricardo”, la tercera de estas obras y la más larga, donde de la mano de Shakespeare y su “Ricardo III”, Lidell se sumerge con toda su rabia nihilista en el desastre y las miserias más abyectas de nuestra civilización; y lo hace entrando a saco en la naturaleza ruin, hipócrita y asesina de todo poder.
Cualquiera que haya visto una de estas obras se preguntará sobre el valor de los textos separadamente del todo escénico del que forman parte. Este libro es la rotunda evidencia de que sus solas palabras también conmocionan y sacuden, plenas como están de energía, de rabia y de intensidad dramática. Lidell ha afirmado que podría prescindir de la creación escénica, pero nunca de la escritura. Y es que el suyo es un texto dramático que nada tiene que ver con lo que tradicionalmente entendemos por tal; una palabra que ya no se construye desde los cánones del género dramático. Leemos el texto y no nos podemos imaginar qué es lo que sucede en escena. La acción escénica, física, no se reduce a ilustrar las palabras; más allá de la mera puesta en escena, requiere una verdadera labor de creación escénica. Crea así la dramaturga una dinámica de fuerzas entre los diferentes lenguajes teatrales ciertamente poderosa. Sus obras toman la forma de un inquietante ritual cargado, de manera más o menos latente, de violencia y de perversidad. “La concepción poética de la palabra en la escritura de Lidell guarda un coherente paralelismo con su concepción del cuerpo”, ha escrito el crítico Oscar Cornago. Y en efecto para Lidell las palabras que el autor escribe en la soledad de su mesa no cobran vida sobre el escenario sino que, bien al contrario, van a morir en él, en la voz y en el cuerpo del actor; la palabra dramática es una palabra enferma, y la escena y el cuerpo del actor son sacrificiales. Ha escrito Lidell: “El teatro hace patente un amor por la muerte, un culto por lo efímero, como una especie de impulso de aniquilación, la sensación de que algo muere”. El teatro es para ella un momento de sufrimiento, un dolor compartido, y no pretende sino entablar una relación hiriente con el espectador, que éste se sienta aludido y no pueda mirar hacia otro lado y eludir la responsabilidad frente a lo que sucede ante él. Sabe bien Lidell que lo inmediato hiere, y que, anegados cada vez más por todo tipo de mediaciones que nos ponen la realidad a la distancia precisa para que no nos salpique, es necesario que a través de su inmediatez el teatro nos hiera, nos ponga en contacto con las oscuras potencias del alma humana.
Y así, por mucho que las cuestiones que Lidell aborda en esta trilogía tengan que ver con la actualidad mediática, con ello es precisamente con lo que la dramaturga quiere romper. En la primera de estas obras escribe toda una declaración de intenciones: “¿Cómo seguir?/¿Cómo superar la información?/¿Cómo convertir la información en horror?/¿Cómo escapar de la demagogia y de la estúpida responsabilidad mesiánica del escritor?/¿Cómo escapar del tópico piadoso y la denuncia baba?/¿Cómo escapar de lo social?/Mi punto de vista es absolutamente antisocial./Esto es una obra antisocial./Sólo se me ocurre conceder a la realidad el derecho al misterio”.
Una de las grandes paradojas del teatro de esta dramaturga estriba en la equivalencia entre belleza y verdad: la belleza no puede consistir sino en perseguir la verdad del ser humano, y ésta casi siempre tiene que ver con el horror, con el desgarro, con el dolor, con lo monstruoso –lo monstruoso que toma muchas veces cuerpo en el actor, catalizador de la monstruosidad social, de la de los propios espectadores. “Pero si no es a través de la belleza, esta verdad no se puede comprender”, ha afirmado Lidell, “por muy espantosa que sea la realidad de la que estamos hablando, el resultado es inevitablemente un producto hermoso”.
Esta auténtica y apasionada outsider que es Angélica Lidell acaba de estrenar “Perro Muerto en Tintorería: los Fuertes”, producida -¡por una vez!- por el Centro Dramático Nacional. Prolífica dramaturga cuenta con un buen puñado de obras publicadas, otra cosa es que se puedan conseguir. José Henríquez ha escrito: “Angélica Lidell no predica, ni sermonea, ni enseña nada a nadie, ni entretiene. Celebra pasiones”.
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