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XVIII Festival Internacional de Narración Oral
Cuenta con Agüimes
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Cuentos de siempre para el futuro
Desde Arucas, Gran Canaria, llegan Los Labrantes de la Palabra, un grupo de 26 personas ‘mayores’ que tratan de intervenir en el futuro, narrándole al presente cuentos que tienen que ver con el pasado y la memoria. Vinculados desde hace 5 años a la biblioteca de Arucas, cuentan sus historias para niños, adolescentes y adultos. Opinan que para ser narradores “la premisa más importante es la de saber escuchar. El gusto por escuchar a los demás te dota de repertorio y de la intuición necesaria para después comunicarte. Cuando esta premisa se cumple, ya sólo hay que propiciar el encuentro con el que quiere escuchar, y contar y contar…”.
Llegan a este festival de Agüimes con un espectáculo llamado La Trapera, que está formado por cuentos y romances tradicionales, mezclados con los recuerdos personales. Precisamente la mayor parte de su repertorio “está basado en la tradición oral, la que conocimos, y la que sabemos que existió, acompañada con recuerdos y anécdotas del tiempo vivido, que en nuestro caso es un terreno amplio donde recolectar historias”. Y aunque cuentan para todo tipo de público, “donde notamos que hay mayor aceptación y también nosotros nos sentimos más regocijados es con el público infantil y adolescente-juvenil. Son a ellos a quien más recuerdos del pasado podemos transmitir, y son ellos los que más demandan el encuentro intergeneracional”.
Como narradores orales que se basan en la tradición “los cuentos a los que tenemos un cariño especial son sobre todo los que tienen que ver con nuestra propia vida. Es el caso de las anécdotas personales y de cuentos y romances que a nosotros nos contaron cuando éramos niños, y que al compartirlas nos emocionan siempre de manera especial, por la propia vinculación emocional que nos provoca”. Y hablando de anécdotas, hay una sensación que han experimentado en grupo en diversas situaciones y que “no deja de sorprendernos, ni nosotros dejamos de disfrutar. En muchas ocasiones que visitamos centros educativos para contar para niños o adolescentes, tenemos entre el público al profesorado, que a medida que avanza la contada, se va abandonando al poder de la palabra y el recuerdo, y terminan ensimismados y en ocasiones, visiblemente emocionados ante sus propios alumnos. Luego tienen que dar explicaciones mientras se secan las lagrimas y recurren a la frase: “es que este cuento también me lo contaba mi abuelo”. Esta frase para nosotros es cotidiana y para los alumnos inexplicable, salvo que hayan perdido a los suyos, ya que no terminan de entender como puede provocar el llanto en su maestra… o maestro, que todos lloran al evocar recuerdos”.
Con este positivismo, ven a la narración oral un futuro con muchas perspectivas. “La palabra usada de manera sencilla y sincera tiene tal poder entre nosotros, que se hace incluso necesaria. Y detectamos cada vez mayor sensibilidad y preocupación en todos los ámbitos de la sociedad por provocar el encuentro para contar, y cada vez son más también los que cuentan, y son más los que escuchan”.
Mi padre enviudó a los 28 años y poco tiempo después puso a vender en un popular mercadillo todos los utensilios personales y recuerdos de la difunta esposa, además de repartir en la familia a los dos hijos que habían tenido. Luego se casó con la que fue mi madre, con la que tuvo cinco hijos. También falleció mi madre, también a nosotros nos repartieron en la familia, y todos los utensilios personales fueron a parar al mercadillo.
Hubo una tercera, y una cuarta esposa, y también ellas fallecieron y animaron de paso la actividad comercial de la isla. Si se le recriminaba tan bárbara costumbre, mi padre se defendía aludiendo que pretendía casarse de nuevo pues no era culpa suya tener tan mala suerte con sus mujeres. Y la próxima mujer traería sus propios ajuares. Era de mal gusto dejar en la casa el espejo, los peines y sortijas de la mujer anterior, así que tenía que quitárselos de encima. La quinta y última fue una joven cubana que usaba de sus mismas costumbres; por fin una esposa asistía a su entierro. Ignoro si sus pertenencias personales fueron a parar al mercadillo, pero sí se subastaron todas sus propiedades y de esta manera bebió de su propia medicina. |
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