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Revista de las Artes Escénicas
Artez 128. diciembre 2007
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    “Tendríamos que trabajar mucho la escucha en los adultos en general”

     

    Virginia Imaz

    Según él mismo confiesa, Pepepérez nació en Málaga hace menos años que lo hizo su abuela. Se crío en una posada andaluza del s. XVII, rodeado de familias cargadas de hijos, borrachos, artistas varios, arrieros que cambiaban alimentos de estraperlo a cambio de contrabando del puerto…, allí no faltaron las bestias que se repartían en las tres cuadras y sus abuelos tenían la única televisión en blanco y negro de la posada que compartían entre todos los habitantes de la misma. En la adolescencia se convierte en tabernero de barrio, oficio que comparte con estudios y formación personal durante 15 años de su vida.
    Dice que nunca le contaron cuentos, pero sus orejas siempre estuvieron atentas a las cientos de historias cargadas de mentiras, de sueños, de amor y desamor, picarescas, de miedo, groseras, políticas, religiosas… las escuchó en la posada, en la taberna, en la universidad o en las manifestaciones clandestinas.
    En 1987 se da de alta como charlatán y aún hoy día sigue cotizando a la hacienda pública como cuentacuentos.
    Felicidades por estos 20 años de oficio, Pepe ¿Cómo fue que comenzaste ?
    Un día haciendo una animación con el grupo con el que comencé, para un encuentro sobre bibliotecas escolares en Málaga. Actuaba Pep Durán y sus maletas me cautivaron. En ese momento sentí que ése era mi camino y desde entonces he peleado para no perderlo.

    ¿Qué es contar para ti?
    A mi me gusta mucho besar y abrazar y que me besen y abracen. Por eso contar para mí es como abrazar con palabras y dejarme abrazar con la escucha.

    ¿Cuánto tiempo llevas contando profesionalmente?
    En 1987 me doy de alta y desde entonces me considero profesional que para eso le pago a hacienda. Aunque al principio fui charlatán o declamador, después maestro de enseñanzas varias y ahora no lo tengo claro porque de eso se ocupa mi gestor.

    ¿Un narrador/a nace o se hace?
    Como los buenos cocidos se van haciendo poco a poco y si es en recipiente de barro mucho mejor. Yo tuve el privilegio de nacer donde nací, nunca me contaron cuentos (con estructura de cuento), pero si escuché muchas historias llenas de ironía, de miedo, picaronas, cargadas de mentiras…

    ¿Es posible formarse para contar? ¿Cómo debería ser esa formación?
    Sí, la formación debe ser integral, es decir tocar todos los palos posibles, teatro, dicción, canto, música, expresión corporal,… y sobre todo escuchar no sólo a otros narradores sino a lo que sucede a tu alrededor.

    ¿Para quién prefieres contar? (Eda­des, espacios, idiomas)
    Me encuentro cómodo en todas las edades, aunque suelo contar más para público familiar, eso sí prefiero que los padres estén en las sesiones, no para controlar sino para que luego ellos les cuenten en sus casas.
    Yo cuento tanto a chicos de jardín de infancia como a abuelos, y procuro disfrutar con todos de la misma forma, y casi siempre lo consigo. Lo que si creo es que tendríamos que trabajar mucho la escucha tanto en padres como en adultos en general: bibliotecarios, camareros, programadores y también en los propios narradores, que a veces vamos a los festivales a juzgar más que a disfrutar

    ¿Qué tipo de historias prefieres contar? (De tradición oral, de autor, propias, mitológicas, de humor?)
    Mezclo bastante, me gustan mucho las de tradición oral, las propias las cuento sobretodo en programas de televisión, aunque tengo unas cuantas que utilizo en cada sesión.

    ¿Cuál es la " cocina " de tus historias? ¿Cómo te preparas o preparas la historia para contarla?
    Las dejo macerar durante mucho tiempo, espero que me atrapen, salvo cuando son temáticas, que busco y rebusco historias por todos lados. Cuando las tengo más o menos decididas, paso a trabajarlas, el coche es donde más practico, hago tantos kilómetros al año que tengo que aprovechar ese habitáculo para montarlos.

    ¿Cuáles son para ti las condiciones ideales para contar? (Espacio, número de asistentes, edades, luz, ruido...)
    En principio que los asistentes estén cómodos, no me gustan nada las alfombras, para hacer yoga o meditación me parecen bien pero para escuchar una hora de cuentos pienso que son incómodas y posibilitan la distracción de los espectadores, también los mayores. Es importante que no haya ruido externo (personas hablando de sus cosas, máquinas en funcionamiento, coches, obras, móviles, recreos, mala acústica,…). Pero como esto es casi imposible, procuro acomodarme a los imprevistos, porque si no trabajaríamos bastante poco, sesiones en salas de teatro salen pocas. Con la edad de los asistentes si me parece importante que les quede claro para quién va dirigido el espectáculo. A mi me gusta ver a quién le cuento, por lo que necesito iluminación suficiente para verlos.

    Contar ¿arte, tradición, terapia, instrumento pedagógico...?
    Todo junto y también por separado. A veces una historia te remueve por dentro y te ayuda a aclarar algo que estabas dándole vueltas interiormente, otras descubres que puede ser una herramienta para utilizar con tu hijo, con otros chicos o con adultos. Y contar es algo natural del ser humano, pero en cuanto esa historia se profesionaliza se convierte en arte.

    Contar con aliados (música, dibujos, títeres, objetos...)
    Hay aliados que ayudan, por ejemplo muchas veces utilizo los mismos libros, algún gorro y un bastón. Pero será por la edad o por mi propia madurez como narrador que cada vez utilizo menos elementos, sobre todo porque me cuesta más lo de cargar y descargar.

    Háblanos de tu trabajo en televisión.
    En el verano de 1998 me proponen contar un cuento diario en un programa infantil de Canal Sur tv, llamado “La banda”, en un principio no lo pagaban, era a cambio de promoción, teniendo en cuenta que Andalucía tiene siete millones de habitantes y el programa tiene una emisión de 9 horas diarias, la promoción era bestial. Claro está que yo solo no podía dar dedicación absoluta por amor al arte, le pedí a otros narradores andaluces la colaboración y muchos grabaron conmigo. Actualmente se emiten cuentos todos los días del año y ya no son gratuitos, tenemos contratos por grabación. En el 2003 comienzo con un microespacio, dentro del mismo programa llamado “el coleccionista de palabras”, de 5 minutos de duración donde los niños/as me mandaban palabras y con ellas inventaba un cuento, una recopilación de los más de doscientos cuentos emitidos me lo ha publicado la editorial Almuzara, el libro tiene el mismo título que el programa.

    ¿Qué diferencias vives entre contar delante de una cámara y contar en directo?
    Al contar en directo siempre tienes una respuesta del público, que te dice si vas lento, rápido, si emocionas, aburres, sorprendes o te piden que acabes. En cambio en televisión, y al no grabar a diario, se te olvida a quién le estas contando, no hay una respuesta a tus palabras, los cámaras están muy pendientes de las órdenes que les van dando a través de los auriculares, el realizador de plató también sigue las órdenes y te va marcando el tiempo que queda y al resto del equipo ni siquiera los ves (sonido, iluminación, realizadores, producción, maquilladores, peones…).

    ¿No va en televisión todo a demasiada velocidad ?
    Claro, la cuestión del tiempo, las historias van demasiado aceleradas, un mismo cuento que en televisión dura dos o tres minutos en una sesión con público en directo puede llegar a durar hasta diez minutos. También ocurre, por lo comentado antes, el tiempo transcurrido entre grabación y grabación, es lo tenso que te pones delante de la cámara, por falta de experiencia, y porque no tienes unos ojos a quien mirar y cuando ya consigues relajarte resulta que has grabado varios programas que se van a emitir, tal y como quedaron, “el tiempo es oro”, una famosa frase que maldito sea el que la inventó.

    ¿Nunca hay público cuando cuentas en televisión?
    A veces sí. También he hecho varias galas con los presentadores del programa y cantantes y grupos de moda. No es nada fácil, teniendo en cuenta que el único que va en directo eres tú, ellos siempre llevan un ballet y playback, en cambio yo voy solo, en un gran escenario delante de más de cinco mil personas, tienes seis o siete minutos para atraparlos sólo con la palabra. Hay una carga enorme de adrenalina, antes, durante y después de la actuación. Mientras narras tienes a un cámara con su ayudante dando vueltas alrededor tuyo, un par de cámaras fijas y una en una grúa. Una distancia considerable sobre la primera línea de espectadores… te sientes solo e indefenso. En ese momento necesitas buscar unos ojos, un cómplice a quien contarle y te da igual salirte de iluminación o de cámara, ya habrá tiempo luego para aguantar los chaparrones del realizador. No es nada fácil llenar un escenario tan grande con un cuerpo tan pequeño como el mío, ahí es cuando funciona la magia de las palabras, con ellas hay que intentar hacer olvidar qué hay a mi alrededor e incluso de dónde están ellos en ese momento.

    ¿Cómo te ves después a ti mismo? ¿Te reconoces? ¿Te sorprendes?
    Las cámaras pueden esconder los fallos de escenarios, ha habido veces que hemos grabado en sitios feos e incómodos, pero al ver la grabación ya montada parece un lugar incluso paradisíaco. Pero lo que no esconde la cámara es como estás sintiendo en ese momento el cuento, si estás tenso, nervioso o si la historia no te convence, el objetivo te delata y no llegas a atrapar al espectador. Porque aunque son programas grabados, los hacemos en lo que se llama un semidirecto, es decir como queda se monta y se emite. Lo mismo ocurría con los microespacios del coleccionista de palabras, también era semidirecto y podías grabar hasta seis programas en una mañana.

    ¿Qué ventajas le ves a trabajar en este medio?
    La promoción es muy grande, como ya comenté antes.
    También el reconocimiento de la gente, hasta ese primer año sólo se reconocían a los cuentacuentos por actividades escolares o en bibliotecas, a partir de ese momento nos reconocen por la calle. También les llegó a los organismos oficiales y cada vez se solicitan más actividades de narración y no hay proyecto educativo o cultural donde no aparezca un contador como mínimo. Pienso que en algo ha influido en darle la importancia que se merece nuestro oficio, no todo, pero siempre tiene que haber un principio, una continuidad para poderle dar una resolución y un final a la historia. A nivel personal tienes el reto de preparar cuentos muy cortos, adaptarlos o inventártelos, por lo que adquieres cierta destreza en esa inmediatez que pide la pantalla. Quien esté leyendo esta entrevista quizá piense que tres minutos es muy poco tiempo, pero tal y como funciona el mundo de la imagen, ese es el tiempo que tienen de atención un espectador sobre un discurso. Tal vez por falta de costumbre y por mala educación audiovisual, pero la realidad es la que hay y quien manda en televisión es el indice de audiencia.

    ¿Cómo ves este oficio de vivir del cuento en la actualidad ?
    Yo por suerte puedo decir que vivo del cuento. Creo que es muy importante ofrecer buena calidad y ser profesional, de esta forma aunque haya mucha competencia y pierdas espacios, más tarde o más temprano siempre volverán a ti.

    Como gremio, ¿cuáles serían nuestras prioridades en tu opinión?
    Creer de verdad que esto es un arte, que somos profesionales, no sólo para cobrar sino para ofrecer espectáculos de calidad, equiparables con otras artes escénicas. Y dejarse de tonterías de clasicismos y desprecios a los que cuentan en un sitio o en otro, para un público u otro. El verdadero profesional, lo tiene que demostrar tanto en un jardín de infancia como en el teatro nacional.

    Anécdotas de cuentacuentos.
    Tengo muchas, pero como siempre en estos casos se me han borrado de la mente. Recuerdo como algo que me dejó un poco tambaleante el día que me contrataron para contar en un mitin político para unas elecciones generales, lo mejor fue que al finalizar la sesión se me acercó un hombre mayor y me dijo: “lo que tú has contado sí que es verdad”. Qué vamos a hacerle, caperucita siempre será más creíble que cualquier político de turno.

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