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Revista de las Artes Escénicas
Artez 128. diciembre 2007
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    A veces amontonados

     

    C.G./B.R

    El BAD debe concentrar la programación en una semana, y hay días en los que se amontona el trabajo, si bien cualquiera puede seguir el grueso de la programación. Salvando estas dificultades solucionables con una rebaja de ofertas, hablemos de los varios festivales que se contienen en este festival.
    Por un lado están las obras de gran formato que se programan en el Teatro Arriaga; el Marat-Sade de Weiss/Sastre de Animalario y el CDN, un montaje que recupera el gusto por el teatro trascendente, de impresionante factura y con un amplio reparto. Casi lo mismo que el trabajo presentado por el Teatro Español de Madrid, con dirección de Mario Gas, y sus dos obras ofrecidas en una misma sesión, Homebody y Kabul, un monólogo realmente impresionante por la interpretación de Vicky Peña, y una segunda parte en donde el personaje solitario es una ausente protagonista. Completó esta oferta de gran formato la obra dirigida por Ana Vallés para Teatro de La Abadía, Me acordaré de todos vosotros, de la que hablamos en otra crónica.
    Si esta es la propuesta para un tipo de público que funciona con resortes más grandilocuentes, otra de las líneas de programación recae en los espectáculos creados por los artistas bilbaínos, y así nos encontramos con dos unipersonales, Crónica de la noche abierta, donde Miren Gaztañaga deja sobradas muestras de sus posibilidades actorales, sabe matizar las tensiones que vive el personaje, le da una presencia escénica que se apodera de todos los resquicios, y transmite una verdad teatral de muchos quilates, o la nueva propuesta de Dakumene, Ecos en la que Gustavo Gorosito utiliza el cuerpo como material total de expresión, acompañado por unas músicas que crean una tensión añadida, con una iluminación que recorta, acorta, difumina, esconde o exhibe el cuerpo en desplazamiento, quizás en una quietud expectante, a veces con brotes de reiteración de gestos.
    Estrenó Gaitzerdi Teatroa un experimento titulado Uneka. Dos cuerpos. Un público rodeando un espacio limitado. Los actores y sus cuerpos son de la misma categoría escénica que un extraño reloj y la arena que suelta, que la luz y que la música. Todo en su conjunto forma lo que denominan una “célula dramática”.
    Una expresión más lineal, un trabajo con reminiscencias biológicas, titulado Cetáceas, presentado por
    Zetazeak, casi una fábula ecológica. Un buen texto, muy bien montado y dirigido, es la pospuesta de Katu Beltz y su Gris Mate, un texto que usa el absurdo para hacerse profundo, como si al quitarle el rango de tragedia se pudiera asumir mejor todo cuanto se apunta. Incluso la nomenclatura de los personajes suena a otros tiempos escénicos: el estudiante, el limpiabotas, el peluquero; tres vidas, tres personajes cargados de una memoria teatral.
    Los corderos.sc dejaron constancia con el estreno de Tocamos a dos balas por cabeza, con su estética particular, con su humor de contrafuego para lanzarse a perpetrar una mirada hacia el porvenir y aplicar desde el más desopilante absurdo, hasta la conmiseración más angelical, casi utópica, con muchas ganas de soñar un mundo mejor, aunque sea para rescatar del pasado aquello que humanizaba las relaciones, en una suerte de búsqueda de un arcano que nos sitúe fuera de la historia.
    Tres experiencia de muy complicada clasificación, la muestra de una investigación minuciosa: la partitura del cuerpo trabajando, presto para la creación, para el lenguaje teatral, físico, coreográfico, pero en su estado más técnico de Fracties (5 studies) con Cindy Can Akker; L’Alakran, y su Sin título, algo paradójico, entre el happening, la performance, la instalación o la terapia de los sentidos, atravesado por un humor caníbal y un objetivo transversal: perder peso; y un tercero, Burmu(u)ina de Pako Revueltas, donde las escenas pasan fugaces como pensamientos, se comparten las propias contradicciones y dudas, y deja un poso agridulce.

    El pre-BAD. Una iniciativa a la que habría que darle continuidad es la inclusión de un monográfico como el que ofreció la FTI, para comprender en profundidad el devenir creativo de un colectivo inquieto. Se pudieron ver a lo largo de una semana Yuri Sam, Au revoir, triunfadores, Kaputen kanta y 8 olivettis poéticos. La representación del montaje inaugural fue algo especial para muchos por lo que tiene de sentimental y, sin embargo, su verdadero valor radica en la propia propuesta, un teatro lleno de vida, que aún una década después rebosa una energía que bulle desde lo más profundo y cuyas emanaciones acaban envolviendo a los espectadores. Un remontaje con buena factura, teniendo en cuenta las dificultades intrínsecas, como su elenco de once intérpretes.
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