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Revista de las Artes Escénicas
Artez 128. diciembre 2007
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    LUZ NEGRA



    Doce dramaturgos andaluces

    Josu Montero

     

    Este libro nos ofrece doce piezas teatrales breves de otros tantos autores con el propósito de mostrarnos la situación actual de la escritura teatral en Andalucía. Además de su dedicación a la escritura dramática, todos ellos guardan una estrechísima relación con el teatro: son, también, actores y actrices, directores de escena, guionistas de cine y de televisión, directores/gestores de teatros públicos, profesores de dramaturgia, críticos, investigadores, autores de teatro infantil y juvenil o creadores y miembros de grupos y colectivos teatrales (La Jácara, La Paca, 7 Teatro, Teatro Andante…)
    El mayor de los autores aquí congregados es Salvador Enríquez (Granada, 1942) y la más joven Dámaris Matos (Sevilla, 1972). Entre ellos nada más y nada menos que treinta años. Podemos dividir fácilmente a estos doce autores en dos grupos. En el primero figurarían los autores veteranos, nacidos en los diez años que van de 1942 a 1953. Además del ya citado Enríquez pertenecerían a él: Fernando Almena (Córdoba, 1943), Concha Romero (Alcalá de Guadaira, 1945), Jesús Domínguez (Tetuán, 1949) y Alfonso Zurro (Salamanca, 1953; pero afincado en Sevilla desde hace muchos años). El segundo grupo lo conformarían autores más jóvenes, nacidos entre los diez años que van de 1962 a 1972. Además de la benjamina, la ya citada Dámaris Matos, lo componen: Antonio Onetti (Sevilla, 1962), Antonio Álamo (Córdoba, 1964), Juan Larrondo (Puerto de Santa María, 1965), Abelardo Méndez Moya (Málaga, 1965), Tomás Afán (Jaén, 1968) y Antonio Hernández Centeno (Martos, 1970).
    Generalizando un poco se puede afirmar que los autores del primer grupo provienen del teatro universitario y del teatro independiente, y que para “hacer carrera” como dramaturgos tuvieron que desplazarse a los centros de poder cultural del Estado, mayormente a la capital del reino. Siguiendo con la generalización podríamos afirmar que los autores más jóvenes, los del segundo grupo, han tenido más facilidades para desarrollar su vocación desde la propia Andalucía al existir ya una cierta infraestructura que lo ha permitido: teatros municipales, una pequeña pero activa red de pequeñas salas alternativas, Escuela Superior de Teatro y otros activos centros de enseñanza teatral, talleres, canal de televisión autonómica, ayudas públicas, editoriales…
    Sigamos generalizando. Podemos dividir los textos teatrales en dos grupos. En el primero de ellos el autor se sitúa en un primer plano ya que pretende dejar claro el mensaje que intenta trasladar al espectador, con lo que los personajes son meros intermediarios, negándoseles así el libre albedrío; los peligros de esta estrategia estética son: personajes planos y tópicos, maniqueísmo, superficialidad, obviedad, pretenciosidad, palabrería, corrección política, peliaguda cercanía con el mitin o con el sermón. En el segundo caso, el autor se oculta discretamente y deja que sean los personajes los que vivan, dándoles una más o menos aparente libertad; los riesgos de esta estrategia son: ininteligibilidad, vacuidad, falta de sentido y de explicación, simplismo.
    “Quiero compartir tus sueños”, de Almena, y “Dos exiliados”, de Álamo, abordan la misma cuestión de la inmigración , pero lo hacen desde dos posturas estéticas radicalmente diferentes que podrían ejemplificar respectivamente las dos estrategias dramáticas a que me refería. Hay tres piezas que desde variopintos ángulos se ocupan de los eufemísticamente denominados “problemas de género”. En “Función única”, de J.Domínguez, una directora y una actriz amateurs están a punto de estrenar su función, pero el patio de butacas está vacío hasta que llega una única espectadora: la autora. La violencia doméstica es el tema de “Comprensión”, de Méndez Moya; y “Allá él”, de Concha Romero, es el monólogo de una mujer madura -que abandonó en su momento una prometedora carrera de actriz- y que acaba de ser abandonada por su marido. Los riesgos señalados para las obras del modelo A se hacen en las tres bien patentes.
    En el modelo B podríamos ubicar piezas como “Siglo XX”, de Afán, una lírica y sugerente metáfora entre el turbulento siglo XX y las tortuosas relaciones de un hombre y una mujer, una reflexión acerca de la identidad y el sentido. “Una tarde de agosto”, de Hernández Centeno, está compuesta por los monólogos interiores de cuatro personajes congregados en torno a una piscina; escrita en un verso libre de gran tensión verbal, la pieza dibuja un puzzle con la familia, la procreación y el destino siempre trágico del ser humano como ejes. “En la noche”, de Dámaris Matos, es una pieza fragmentaria de escenas brevísimas y minimalistas en la que la autora nos pone frente a un nocturno descenso a los infiernos, el viaje de aprendizaje de una mujer madura en busca de su identidad; y es quizá la pieza en la que los riesgos del que hemos denominado modelo B se hacen más patentes A.Onetti ahonda en su crudo y desgarrado realismo, tan cercano a un costumbrismo lumpen, en “Líbrame, señor, de mis cadenas”. Un desolado descampado de extrarradio y ese paisaje tragicómico de yonkis habitual en Onetti, de seres humanos desnortados; esos paisajes hipodérmicos que insistimos en no querer ver.
    Y tres sátiras para completar las doce piezas. J. Larrondo escribe en “Ecce Homo” una sátira de esa televisión sensacionalista y de carnaza cada vez más omnipresente. Sátira es también “El ascensor”, de Enríquez, pero ésta con dosis de surrealismo onírico que vira al absurdo; la diana: el consumismo voraz que determina nuestra existencia. “En el monte del olvido”, de Zurro, arranca en clave de absurdo beckettiano para tomar enseguida la apariencia de una sátira de la religión y terminar siendo una sátira del propio teatro, una ácida reflexión sobre los protagonistas y los secundarios. ¿La situación que da pie a todo ello? Los dos ladrones, crucificados en el Gólgota, charlan y aguardan la llegada de quien habrá de ocupar el lugar central.

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