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Revista de las Artes Escénicas
Artez 128. diciembre 2007
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    VIVIR PARA CONTARLO



    Cuentos por televisión

    Virginia Imaz

     

    Aprendo mucho sobre mi oficio escuchando a la gente después de una contada. Algunas personas me honran acercándose a compartir lo que han vivido, lo que les ha gustado y lo que no. Lo que les han removido o hecho recordar mis historias. Tienen necesidad de contarme. A veces incluso me regalan alguna historia personal o familiar por si quiero incorporarla a mi repertorio. Siempre me emociona este poder de la palabra. Lo que puede hacernos a la gente. Estas personas no son conscientes de hasta qué punto sus comentarios guían y reconducen mi trabajo.
    En ocasiones sienten una emoción tan profunda que no saben cómo felicitarme y hay incluso a quien se le escapa: tendrías que estar en televisión, esto que haces es muy bueno. Yo agradezco el comentario porque sé desde dónde viene. Desde un reconocimiento sincero y desde un más, si cabe, sincero deseo de que me vaya bien. Sin embargo, yo tengo mis dudas de que la tele sea lo mejor que pueda pasarme profesionalmente hablando. Es claro que salir en la tele es la aspiración de mucha de la gente que hemos hecho de la escena nuestro oficio. Es incluso el anhelo profundo de la que no.
    La tele es un potente escaparate. Si tienes algo que vender, incluso un producto cultural, la promoción es enorme. Además si sales en la tele ya eres automáticamente buena en lo que haces. Si no, no estarías, por supuesto. Yo he mantenido conversaciones surrealistas sobre mis contadas incursiones televisivas. – Te he visto en la tele. ¡Qué famosa, chica! “¿Ah, sí? ¿Y cuándo me has visto? ¿Qué estaba haciendo?” Ah, no sé. No me quedé, pero qué guay ¿no? Esto suelo preguntarlo porque en general no me entero de cuándo me sacan y porque la tele es capaz de repetir hasta la saturación una misma información. En una intervención como clownclusionista, saqué a bailar al lehendakari y mi payasa lleva bailando con él, en ETB, casi cuatro años. Estoy agotada de tanto bailar.
    Como comprenderán este tipo de fama me aterroriza. He aparecido en televisión poco y lo suficientemente disfrazada como para poder seguir trabajando en lo que me gusta, con cierta “normalidad”. Extraño, claro, los circuitos dignos de exhibición y las localidades agotadas de los que goza un espectáculo en el que actúa “en carne y hueso” alguien que sale en la tele. Pero quizás como la zorra con las uvas, me digo que quizás la televisión está todavía demasiado verde para la oralidad escénica.
    No me quejo, porque yo he elegido esta profesión, tanto de payasa como de narradora, donde el espacio de preferencia de intervención me permite sentir el aliento del público. Soy un animal escénico que se crece en el directo y con la posibilidad de improvisar, de actualizar el espectáculo en cada representación. Con más de 24 años creo que corro el riesgo de ser popular sin llegar a ser famosa. Y me va bien así. Creo sinceramente que hay vida – sobre todo vida inteligente - fuera de la tele.
    Esto no quiere decir que esté cerrada en banda a los medios. Me encanta la radio, por ejemplo. La mayor parte de los locutores y locutoras tienen una oralidad viva, chispeante, apasionada, que está muy cerca de la práctica escénica de la narración. He contado cuentos a veces en la radio. No es fácil porque es como contar sin el cuerpo. Como contar para gente ciega, algo que también he hecho. Es una práctica algo distinta pero muy hermosa y siempre me he sentido muy bien tratada en las ondas. Sin embargo, en la televisión, tanto como payasa como cuentera, los malos tratos y la falta de mimo, se han sucedido sin tregua.
    Mientras que en un contada real, yo me tomo el tiempo que necesito para respirar bien el cuento y el público, en un cuento televisado normalmente la presión sobre el tiempo es enorme y no hay público. Ni siquiera el equipo técnico te escucha. La orfandad es inmensa. Las distracciones no cesan. Para mí contar en la tele es entrar en contradicción con la esencia misma del hecho de narrar. Si contar es un fenómeno comunicativo que una hace para y con alguien que escucha en el aquí y en el ahora, para respirar junt@s; en la tele tienes que imaginarte que te escucha un público que no está allí y que cuando esté escuchándote en otro lugar, en otra parte, no estará en el mismo ahora tuyo del momento en él que cuentas. ¿Cómo compartir el aliento en semejantes circunstancias?
    Sin embargo conozco experiencias muy diversas y algunas de ellas son muy interesantes. Para mí una contada filmada nunca enganchará como una contada en vivo. Pero indudablemente encierra otros potenciales. La difusión, por ejemplo. Que más gente conozca más historias y que se visibilice el oficio. O como la experiencia argentina de Miguel Oyarzábal donde recopilaba y filmaba cuentos entre la gente de la Patagonia y luego los emitía por televisión, devolviendo a la comunidad su tradición oral. El mimo con el que él y su equipo hacían las grabaciones, el cuidado que ponían en no traicionar(se) ni traicionar la historia supongo que marca la diferencia. También la animación a la lectura o la motivación para crear historias pudiera ser el acicate para intentar una producción de calidad. Este mes en la entrevista a un narrador en Gente de Palabra, conoceremos la experiencia televisiva de Pepepérez, un profesional del cuento, que ha sabido presentar dignamente el oficio en un medio a priori muy refractario, en mi opinión. Ojalá pudiera decir que sale en la tele porque es un narrador magnífico, porque lamentablemente en la televisión aparece cualquiera. Lo que si puedo asegurar es que es un excelente narrador. Incluso en la tele.

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