|
|
|
iritzia
|
opinión
|
|
EL RINCÓN DEL NO
|
A vueltas con los premios (y 2)
Mi Sombra.- (Sigue muy en lo suyo del otro día) Decía usted, Jefe, que iba a dar una respuesta, "aunque a lo mejor no muy brillante", a mi pregunta de por qué pareciéndole fatalmente injustos los Premios acepta usted formar parte y contribuir a esas injusticias, y luego ni brillante ni nada, se guardó su respuesta, a lo mejor para hoy.
Yo.- Y te voy a responder al menos sencillamente. La verdad es que, pensando en este fenómeno de los Premios, algunos recuerdos me han venido a la memoria; por ejemplo, que en cierta ocasión yo fui jurado de un premio teatral; y tengo que decir que cometimos la injusticia de premiar una obra -y yo concretamente voté por ella-, excelente, por otra parte, que se titulaba, y se sigue titulando, ¡claro!, porque la obra no ha muerto con su autor, ‘El grillo’, de Carlos Muñiz, un escritor entonces joven y casi desconocido, de quien luego estrenaríamos en nuestro Grupo de Teatro Realista, otra obra también magnífica, ‘El Tintero’. ¿Y por qué fue una injusticia si la obra era "excelente"? Porque había al menos otra obra también excelente, de un autor, éste completamente desconocido, y que se llamaba, ¡y éste se sigue llamando, y por muchos años, amigo mío!, Fernando Arrabal. Su título era, porque creo que luego se lo cambió, ‘Títeres bajo la techumbre’. (A mí me movió a votar a Muñiz que la otra obra me parecía escrita por un lector muy reciente de Beckett y seguramente Ionesco, y bajo la influencia demasiado palpable de estos; posteriormente Arrabal me aseguraría que me iba a odiar toda la vida por ello y que él no había leído, cuando escribió ese drama, más que a Jacinto Benavente. Nunca cumplió su palabra de odiarme; él es incapaz de tal cosa; sí acaso de burlarse, pero tampoco lo hizo; y él fue uno de los pocos intelectuales y artistas españoles que rompieron lanzas internacionalmente por la causa de Eva Forest, cuando estuvo gravemente amenazada de muerte por el franquismo).
Lo interesante del asunto, si todo esto no lo fuera, y a ello vamos en estas vueltas que le estamos dando al tema de los Premios, es que también hubiera sido injusto que hubiera resultado premiada la obra de Arrabal, y ello en un marco en el que las bases impedían que el premio fuera dividido entre dos autores. También hay el dato, normal como decimos, de que la mejor obra para otros jurados era otra, lo que completa el panorama de la injusticia, y da un ejemplo claro de lo que vengo sosteniendo.
He aquí, en suma, la paradoja que yo declaro, expuesta en toda su crudeza, y que se explica fácilmente por las razones que ya expuse en el anterior artículo.
Mi Sombra.- (Interrumpe, un tanto bruscamente) Oiga, oiga, pero, ¿adónde va? ¿No decía que nos iba a explicar –bueno, a sus lectores– por qué ha aceptado y acepta formar parte de jurados si esa tarea es necesariamente injusta?
Yo.- A ello voy, a ello voy. Es que yo creo, sombrita mía, que en definitiva puede valer justificarlos porque, aunque sea acertado criticarlos en cuanto a su base teórica, como yo lo hago, también es cierto que los Premios han cumplido muchas veces, a lo largo de su historia, una función descubridora de nuevos talentos que no habrían tenido acceso a esa luz por otros medios. En el teatro, por ejemplo, se debe a sendos premios Lope de Vega el descubrimiento de autores interesantes como Alejandro Casona y Antonio Buero Vallejo.
Mi Sombra.- Eso también es verdad. ¿Y usted? ¿Cómo fue "descubierto"?
Yo.- No por los Premios, como sabes, pues, por poner un ejemplo, envié ‘Escuadra hacia la muerte’ al Premio Lope de Vega precisamente, y ni siquiera la seleccionaron. Pero para entonces ya habíamos sido un pequeño grupo de autores y actores jóvenes quienes nos habíamos "autodescubierto".
Mi Sombra.- "Arte Nuevo", sin duda.
Yo.- (Enfático, un tanto fanfarrón) ¡Arte Nuevo sin duda! Un grupo experimental autofinanciado con nuestras primeras deudas juveniles. Este procedimiento de autopromoción tuvo buena fortuna y muchos autores, a partir de entonces, se liberaron de la tiranía de los Premios para que sus trabajos aparecieran, mejor o peor, sobre algunos escenarios.
Mi Sombra.- Ya conocido, sin embargo, empezaron a concederle algunos Premios.
Yo.- ¡Y bienevenidos fueron, aunque fueran injustos! Pero no quiero terminar sin recordar un ejemplo que puede ilustrar mi tesis de que la sensibilidad de cada uno invalida la objetividad de los dictámenes que emiten los Jurados en estos trances, aparte, pues, de la corrupción o la estupidez que son, sin duda los mayores enemigos de la validez de esos dictámenes.
Mi Sombra.- Diga, diga.
Yo.- (En tono narrativo) Recuerdo que en cierta ocasión, fuimos al cine en Madrid cuatro amigos de edades y formación cultural y oficios semejantes, a ver el estreno de una película, ‘¡Viva Zapata!’. No habiendo cuatro butacas juntas, nos colocaron a dos en un lugar y a otros dos en otro. Mi compañero y yo quedamos fascinados con el actor Marlon Brando, que entonces era desconocido, y con la película, que nos pareció muy buena. A la salida nos encontramos con nuestros compañeros, y, sonrientes y contentos, les preguntamos qué tal. ¿Y qué ocurrió? Que nuestros amigos nos dijeron, y con sus razones, que habíamos asistido poco más que a una mierda pinchada en un palo, como se decía en mi barrio para hacer un juicio muy desfavorable.
Mi Sombra.- (Pensativa) Pues vale, aunque para mí que...
Yo.- No te pregunto a ti, porque tú no viste la película.
Mi Sombra.- Claro; en cuanto usted entra en una sala oscura, yo desaparezco.
Yo.- (Bostezando ligeramente) Y ahora te voy a poner a descansar un rato. ¿me perdonas? (Apago la luz).
P.S. Me dice mi Sombra que en artículo anterior escribí por dos veces con grafía equivocada el nombre del pintor Edward Hopper. ¡Y tiene razón!
|