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Artez 126. octubre 2007
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    LUZ NEGRA



    Muerte y epifanía de Bergam

    Josu Montero

     

    Antes de morir el pasado mes de agosto, Bergman rompió un silencio de muchos años para ofrecernos esa pieza maestra final que es “Saraband”. Un estremecedor epílogo a una obra excepcional cuya cumbre es esa escena última en la que el viejo y cruel Johan tiembla a la puerta de la habitación de Marianne invadido por una angustia y por una ansiedad que le desbordan. En mitad de la noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo. Y ella le acoge. Y los dos ancianos se despojan de su camisón, el de él completamente empapado por el sudor de la angustia; “permanecen de pie y se observan durante un momento” –acota Bergman- y después, se acuestan. Unos instantes antes es cuando él pronuncia esas palabras.
    Para su obra final, Bergman retoma a los protagonistas de una de sus más celebradas obras: “Secretos de un matrimonio”. Escribió esta pieza en 1973, en tan sólo tres meses como él mismo confesó, y añadió: “Pero la viví en carne propia durante un largo capítulo de mi existencia”. Nacido en Upsala en 1918, Bergman tenía entonces 55 años. En 2003, treinta años después, volvió a colocar frente a frente a Johan y a Marianne en “Saraband”, ambos también con treinta años más. Rodó luego la película, y un par de años más tarde, murió.
    La editorial Tusquets nos ofrece la esplendida oportunidad de contar con ambas obras en un libro. Nada tiene que ver éste con el oportunismo necrófilo ya que ha sido editado bastantes meses antes del fallecimiento del creador sueco. Para muchos, Bergman es el mejor director de la historia del cine, y eso eclipsa otras facetas creativas como la de director de teatro o dramaturgo. Y es que lo que aquí tenemos no son en absoluto guiones cinematográficos, sino obras teatrales, estremecedores dramas en los que la vida y la muerte, la ternura y la crueldad, la alegría y la desesperación, el amor y el odio van de la mano.
    En el prólogo para “Secretos de un matrimonio”, Bergman escribió: “He sentido cierto afecto por estas personas mientras me ocupaba de ellas. Han sido bastante contradictorias, a veces preocupantemente pueriles, a veces bastante maduras. Dicen muchas tonterías, a veces exponen algo juicioso. Son temerosas, alegres, egoístas, tontas, buenas, sensatas, abnegadas, afectuosas, irascibles, indulgentes, sentimentales, insoportables y adorables. Todo revuelto”. Y en efecto nos sitúa delante de la pareja formada por Johan y Marianne, profesor él y abogada ella, casados desde hace una década y padres de dos hijas, que pasan de ser un matrimonio aparentemente modélico y feliz a despellejarse sin miramiento alguno sometiéndose mutuamente a todo tipo de crueldades y humillaciones. Entre la primera y la última de las seis escenas de la obra transcurren cinco años. Y lo paradójico es que éste no es sino un camino de aprendizaje ya que no es sino a través del otro que vamos conociendo un poco a ese absoluto desconocido que es uno mismo.
    Son feroces entre sí –y también para sus otras parejas, porque a pesar de la separación, ya en la tercera escena, la relación continúa-, mentirosos o cruelmente sinceros, perversos e ingenuos, y en los momentos precisos están dispuestos a decirse las cosas más terribles e incluso a zurrarse: “Deberíamos haber empezado a pelearnos hace mucho tiempo. Hubiera sido mucho mejor”, afirma Marianne tras la más brutal pelea. Ambos se debaten buscando la verdad, la verdad de sí mismos, su auténtico deseo, más allá de máscaras, de autoengaños, de apariencias, de responsabilidades y de culpabilidades. “A veces soy muy infeliz cuando debería ser feliz, y viceversa. La sensación de felicidad no sigue regla alguna”, reconoce Marianne en la última escena. A través de las miserias y del dolor adquieren ambos conciencia sobre sí mismos, sobre su pequeñez y su grandeza. En otra de sus obras, “Creadores de imágenes”, un personaje afirma: “Todo comienza con un grano de arena que entra en la ostra y le causa dolor. Entonces la ostra le rodea de nácar y crea la perla. Sin dolor no hay perla”.
    La esencial soledad, la asfixia a que los padres someten a sus hijos, las trampas de la mentira y las de la aparente sinceridad, la búsqueda de sentido, el silencio que estalla cuando deja de haber palabras o el encuentro con la muerte están también presentes en estas dos obras. “No nos enseñan ni una sola palabra sobre el alma. Somos analfabetos emocionales. ¿Y cómo puede llegar alguien a comprender a los demás, si no sabe nada de sí mismo?”, se pregunta Johan.
    A lo largo de su vasta obra, Ingmar Bergman nos dice que el amor y el arte cumplen la secreta misión de transformar al ser humano. Sólo de la oscura noche del alma surge la luz. Y el cine y el teatro son aquí precisas metáforas de sombra y de luz de esta epifanía. En “Secretos de un matrimonio”, Johan y Marianne se resisten a dejar de ser la perfecta pareja, pero por fin se entregan al descontento, al desconcierto, al desasosiego, a la desolación –el primer intento se produce cuando regresan de ver “Casa de muñecas”-; y de ahí emergen dos personas nuevas, capaces por fin de mirar fuera de la caverna. Y sin embargo no hay final feliz. No podría haberlo.
    Otro personaje de Bergman, éste de su film “Sonrisas de una noche de verano”, dice algo así como que el amor es un juego de malabarismo en el que hay tres pelotas en el aire: la primera son las palabras, la segunda es el cuerpo, y la tercera el corazón. Ese final que ya hemos comentado de “Saraband” repite con variaciones el de “Secretos de un matrimonio”. Ya separados, y divorciados, y casados con otros, y convertidos en amantes, y sobre todo en personas, abrazados en el lecho, Johan le dice a Marianne: “Y pienso que te amo a mi manera incompleta y bastante egoísta. Y a veces creo que tú me quieres a tu manera peleona y emocionalmente trastornada. Creo que tú y yo nos queremos. De una manera terrenal e imperfecta. Pero aquí, con toda sencillez, en mitad de la noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo, te abrazo. Y tú me abrazas”.

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