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Revista de las Artes Escénicas
Artez 126. octubre 2007
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    VIVIR PARA CONTARLO



    Teatro y narración oral (I)

    Virginia Imaz

     

    Cuando ejercía de maestra, la gente de mi gremio, en ocasiones, se refería a mí, despectivamente, como la “titiritera”. Nunca he hecho títeres, pero mi pasión por el teatro me granjeaba toda su desconfianza. Paralelamente, mi paso escénico de lo amateur a la profesionalización, estuvo jalonado de exquisitas desvalorizaciones por parte de la tribu actoral hacia esa “maestrita” empeñada en chupar foco. En una ocasión me preguntaron, en porcentajes, si me sentía más maestra o más artista y me cortocircuité. Me sentí despiezada.
    ¿No era acaso enseñar y actuar la misma cosa? Viendo teatro había aprendido más, sobre el hecho de ser gente, que en ninguna escuela. Y ¿no es cada artista un maestro de vida o cuando menos de una de las miles de vidas posibles? ¿Y educar? ¿No es un arte completo? Como maestra yo me sentía cada día, frente a un público exigente y cautivo cuya atención tenía que conseguir y mantener durante varias horas. El bagaje escénico ayudaba. Y mucho.
    También me gustaba escribir pero me puse a escribir teatro que es lo que menos lee la gente que lee habitualmente. Me gustaba el teatro, pero tuve la mala pata de interesarme por el teatro de máscara. Ser payasa me hizo conocer el arrabal del suburbio de la marginalidad de la periferia del teatro, que ya es algo de por sí bastante residual en el mundo de la cultura.
    Más adelante, al abandonar la docencia, pasé de ser una maestra con ínfulas escénicas a tener ínfulas a secas. Nunca llegué a poseer rango de actriz. Me había quedado en payasa rasa. Pero para los payasos con pedigrée, como no tenía habilidades circenses y hablaba mucho, ni siquiera era una verdadera payasa, sino una actriz pretendiendo hacer reír, que en realidad era una maestra a la que le gustaba escribir cosas que nadie leía. Supongo que era patética. Sin embargo conseguí reírme de esta exclusión permanente y hacer un oficio del hecho de que nadie me tomara nunca en serio.
    Para mí, ser artista, tiene que ver con una resistencia íntima e indesmayable a cualquier intento de etiquetado. Crear es salirse de los compartimentos y de las clasificaciones, así que cuando me sacan de mis casillas, sé que estoy en el camino correcto.
    Mientras tanto en las últimas décadas del siglo XX, el mundo y, sobre todo el mundo académico, redescubría la oralidad (Dupont, Havelock, Parry, McLuhan…) y en la Euskal Herria de hace 25 años, comenzaba a desarrollarse con un ímpetu creciente y una especificidad técnica a medio camino entre lo literario y lo teatral, un arte de tradición ancestral y de estilos tan diversos como diferentes éramos las gentes que lo practicábamos. El arte de la narración oral era - ¡Qué paradoja! - tan “nuevo”, escénicamente hablando, que al comienzo no sabíamos ni siquiera nombrar lo que estábamos haciendo sin buscar una referencia teatral y siguiendo a Jorge Dubatti, quienes ya éramos bichos de escena, lo tipificábamos como una especie de “teatro del relato” y en ocasiones cuando la narración se ofrecía en primera persona, como un sucedáneo del monólogo teatral.
    Esto es, una vez más, en mi vida, me interesaba por una subcategoría y entraba en el teatro, nuevamente, por la puerta  de servicio. La narración oral era el teatro que podíamos hacer los y las artistas más pobres, porque no precisaba de disfraz, atrezzo ni  escenografía. Incluso podía hacerse sin equipos de luz ni de sonido. Y prácticamente en cualquier espacio. Era el teatro de la gente más cansada. Una forma de acabar con  la carga y la descarga de la furgoneta, del monta y desmonta del teatro artesanal donde la actriz o el actor hacía un “de todo” agotador antes y después de actuar. Era   el teatro de la gente más vieja, superviviente a incontables disoluciones de grupos, traumáticas rupturas profesionales y traiciones de diversa índole.  Narrar era - es -  un oficio que se puede hacer en solitario. Era y sigue siendo el espejismo de un teatro “fácil”. Memorizo un texto y lo echo en escena. Era y sigue siendo una salida laboral para muchos actores y actrices en paro, mientras que les llegaba el papel de su vida en un espectáculo de teatro de verdad.
    En mis comienzos como narradora alguien me dijo que yo era demasiado “teatral” contando. Me lo escupió como si fuera un defecto. Una vez más, no era adecuada.  Sólo años más tarde, cuando me rendí y dejé de defenderme por todas mis filiaciones y mestizajes, lo supe. Supe que siempre había sido y que era, sobre todo, una narradora de historias. Escribir, actuar, enseñar, hacer reír, conmover… sólo habían sido y son en mi camino, las diferentes estrategias que había encontrado para contar historias. Para contarme el mundo y para contarme al mundo. Es cierto que hay gente que no ha pasado por el teatro para narrar y ni falta que le ha hecho y viceversa. Pero los actores y actrices que no han narrado nunca y que perciben la cuentería como una competencia escénica desleal por lo barata y lo adaptable, deberían saber que unas y otros subimos a escena siempre para lo mismo, para contar una historia. Y aunque el código sea diferente todo el mundo tiene derecho a intentarlo y a servirse y a equivocarse con todos los recursos de los que disponga.
    Por otra parte, para quienes perciben lo teatral, lo docente o incluso lo terapéutico, como una amenaza en el oficio de narrar, compartirles mi mestizaje: todos los aprendizajes teatrales, literarios, docentes, humanos… que he realizado me han hecho la narradora que soy ahora. Renunciar a una parte sería amputar mi forma de narrar porque soy lo que cuento y cuento lo que soy.

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