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Artez 126. octubre 2007
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    VII Festival Internacional de Teatro Contemporáneo

    I Muestra Internacional de Teatro para Niños y Jóvenes

    Almagro

    Continuidad de las veletas


    Luis Masci

    Renacer es una cosa seria. Y si lo que renace es una sala como La Veleta, tal vez más. Porque no hay renacimiento sin cambio. Y cuando llegábamos a Almagro, un sitio de los que amaría Borges, donde la Orden de Calatrava, los Fúcares de Carlos V o el Corral de Comedias, avisan rápido que aquí el pasado es también presente, nos preguntamos cómo será un cambio en esta ciudad donde el tiempo envejece tan lento, donde el maquillaje de las fachadas mantiene el mismo eterno blanco para desafiar al mismo eterno al sol.
    Uno tiende a pensar que si algo fuera a cambiar, tendría que ver más con los balances y los contrapesos, como en el teatro. No hay mar, pero sí una plaza marinera; no sé que exista más de una compañía estable, pero hay más de siete teatros; el Ave pasa a diez minutos de aquí, mas el pastor se empeña con su rebaño y las bolilleras miran pasar la tropa de los turistas y espectadores festivaleros, con inmutable seño.
    ¿Qué encontraríamos en el Parque Quijote, el sitio del milagro? Una pregunta tan innecesaria como que ya estábamos en camino. Trabajamos en La Veleta que se tragó el incendio escribiendo un libro y ahora los recuerdos pasan como una película: el parque, sus rincones e instalaciones, la tertulia al costado de la piscina, sitios con nombre propio como “El pequeño ateneo” o “El rincón del quijote”, los árboles y los rosales que Luis Molina plantaba para asombro de vecinos.
    Mi visita de ahora se debe a la invitación del CELCIT, para dirigir el Taller Iberoamericano de Dramaturgia y esa idea también da vueltas, porque no se trata de un taller puntual de enseñanza del drama, sino de un proyecto de creación con inclusión de maestros dramaturgos, talentos, pensadores y creadores de todos los países, con el fin de aportar nueva riqueza a la dramaturgia en Iberoamérica.
    Los árboles crecieron y las rosas. La acogida de un parque más parque y más calmo y tranquilo, me enfrentó a la nueva nave de La Veleta. Al principio tuve la sensación de estar viendo a la otra, luego distinguí las diferencias. Y bastó un recorrido para apreciar innovaciones y mejoras: escenario, camarines, residencia, salón comedor, un nuevo jardín al fondo. Sí, había renacimiento. Había cambios. Era verdad.
    Sin embargo, un repaso a las paredes me dio la clave de la peculiaridad de este renacer. Las fotos y algunos objetos me devolvían, desde allí, algunos rostros de la historia teatral iberoamericana de los últimos treinta años. En especial una, ampliada, donde sonríen abrazados, Kiddio España director del Festival de Barcelona en Venezuela, Santiago García director de La Candelaria de Colombia, Luis Molina director del CELCIT, Guillermo Schmidhuber dramaturgo mexicano, Juan Carlos Gené, director y dramaturgo argentino, Javier Villafañe, argentino del mundo y titiritero de la legua, Atahualpa del Cioppo, director de El Galpón, y el intruso de Diego Pérez, director ecuatoriano, que entró en plano a último momento. Eso fue la sonrisa. Ese instante. Me veo aún detrás de la cámara, allí, en el Festival de Oriente, hace muchos, muchos años. Acá, ahora, a punto de la reinauguración de un viejo sueño que se niega a morir.
    Sí. Lo dicho. Renacer es cosa seria. Porque no hay renacimiento sin cambio. En eso, me atrevo a decirlo, el nuevo Teatro Laboratorio La Veleta, con sus planes de avanzada, sus ideas y su nuevas propuestas, apuesta al cambio y no sólo de piel. Tal vez lo que comparta con Almagro, desde ese umbral de casa propia y abierta al viajero, sea esa capacidad de ser fiel a su propio corazón, a esa alma que late y teje y no deja de tejer días y trabajos en las orillas atlánticas, para integrar pueblos y artes y para que el tiempo pase, lento y único, como en Almagro, donde todo cambia y donde todo permanece.
    Salud, Veleta. Aquí nos tienes de regreso.

     

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